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Patricia Ortega o la metáfora de la cogitación

Por Álvaro Medina Miembro de AICA Colombia

¡A lo mejor caigo a través de la tierra! ¡Qué divertido sería salir donde vive esta gente que anda cabeza abajo! —exclamó Alicia al descender por el pozo que la llevó al País de las Maravillas. El pozo de Alicia era túnel, pasaje, camino, viaducto, lugar de tránsito para salir de la insípida cotidianidad y entrar en el reino de la imaginación, donde lo incierto se vuelve cierto y lo imposible es posible. Esta es la idea que Patricia Ortega está explorando a su modo desde que se puso a pintar bocallaves.

Sólo que la materia de Patricia es la pintura, no la literatura, de modo que para apreciar sus trabajos observemos, en primer lugar, que las siluetas de las bocallaves no se ciñen a las que tienen las cerraduras de nuestras casas. ¿Por qué? Porque a ella le basta la noción de orificio o hendidura que permite descubrir lo que hay al otro lado de una puerta, lo cual le permite desentenderse de los diseños que tienen las ranuras de bordes metálicos en las que entran las llaves para correr un cerrojo y darle paso al que llega.

La abertura que atrae el ojo del fisgón supone una neta separación entre el espacio que está allá y el espacio que está acá. Lo que pasa allá es más interesante que lo que está sucediendo acá. Por eso el fisgón mira sin ser mirado, ansioso de conocer secretos. Patricia usa la bocallave o herramienta del fisgón para construir una metáfora en torno al acto mismo de pintar.

Sus lienzos se componen, en efecto, de dos elementos primordiales: un espacio periférico y un espacio interno. El primer es plano y tiende a ser claro, casi neutro, casi despojado, de cierto modo simple aunque la textura lo hace ligeramente activo, o sea que no se trata de una superficie yerta. El segundo es profundo, oscuro, cargado, complejo y muy activo. El espacio periférico de sus pinturas es el acá, el interno es el allá, el sitio donde se halla el objeto que se indaga y atrae por lo tanto las miradas.

Preferimos concentrarnos, como espectadores, en el allá, y fijamos la atención en unos conjuntos de manchas sugerentes puramente abstractas que tienen la virtud de aparentar, según el capricho del que ve, formas vagamente emparentadas con la figuración. La ambigüedad es la razón de ser de esas manchas. Patricia nos recuerda así que la poesía visual tiene la prerrogativa de aparentar, sugerir y también negar, virtud que ella potencia con unos cuadros que son técnicamente impecables.

El alarde técnico es deliberado. El esfuerzo de ser cuidadosa al aplicar el óleo no tiene un fin distinto al de obligarnos a asumir la pintura desde la pintura y no desde la literatura. Títulos como Otra visión, Conocimiento silencioso, Comienzo de la libertad y Penetrando en la soledad son los que plantean de la manera más directa lo que significa la propuesta de mirar a través de la bocallave, esa herramienta o medio que revela y al mismo tiempo separa. El secreto que hay al otro lado, según estas abstracciones, pertenece al terreno de conceptos no traducibles en formas concretas, tangibles, estables y sólidas como las de una pera o una montaña. ¿De qué color es el conocimiento? ¿La esperanza es ovalada o más bien triangular? ¿Cuántas toneladas pesa el sentimiento de un niño? ¿Cuántas las de un anciano? ¿Qué textura tiene la constancia? ¿La quietud es ancha o es delgada? ¿Son pardas las ideas que nos llegan en el curso de la noche? Patricia Ortega ha estado transitando por un territorio en el que todo es inasible, pero jamás etéreo, ni banal, ni superficial, ni simple adorno o filigrana intelectual. Su motivación es seria. Tan seria que se ha puesto a trasegar temas que han sido moneda corriente en la poesía escrita, no en las artes plásticas. Pero si la palabra permite elucubrar en torno a esos asuntos, la pintura apenas puede abocetarlos y quizás ni abocetarlos, pero sí mostrarlos, libre de la certeza de haber llegado a comunicar una idea redonda porque lo incompleto sugiere más que lo completo. —No, mejor será no preguntar nada. Ya lo veré escrito en alguna parte —también dijo Alicia mientras descendía lentamente por un pozo flanqueado, en la extraordinaria narración de Lewis Carroll, de bibliotecas, mapas y cuadros.

Patricia parece repetirlo. Y nos lleva de la mano al país donde la luz es una nube de sombras, donde las cosas están integrándose apenas, o tal vez desintegrándose. No es posible precisar nada con certeza. Asomos de geometría disciplinan las manchas orgánicas para introducir vectores no visibles pero actuantes, flujos lentos, interacciones incompletas, ecos inaudibles, velos entreabiertos, zonas llenas y en verdad vacías, vacíos que están llenos, paisajes no terrestres, cielos cavernosos.

Estamos ante una pintura eminentemente lírica en la que los colores se van cortando y al mismo tiempo entrelazando, porque se rechazan y combinan para plantearnos la existencia del mundo inmaterial que la mente forja a toda hora, sin descanso, llenando la cabeza de inquietudes. Soñamos y pensamos luego existimos, luego podemos crear a plenitud. Pintar la mancha que sugiere el conocimiento y la cogitación es más importante que pintar la mancha que copia la forma de un vaso, o de una rueda, o de una flor abierta. Llegamos así al sitio de la gente que anda cabeza arriba.

Si Kandinsky, Mondrian y Malevich llegaron a la abstracción guiados por la preocupación de expresar la espiritualidad del ser humano, a Patricia Ortega habrá que reconocerle la iniciativa de querer pintar las inquietudes y enigmas que a diario nos acosan.